Vipassana, notando lo que pasa tal y como es

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Un simple vistazo a los muchos anuncios que se ven bajo formato de lo más ocurrente mientras paseamos por cualquier calle nos lleva a concluir que el mundo parece estar lleno de todo tipo de meditaciones; lo cierto y verdad es que sólo una sencilla aproximación mental al significado de la palabra ya nos remite a tantos sentidos como opiniones queramos sondear (si en realidad las hay). 

No seré yo quién, aquí y ahora (parámetros importantísimos a considerar en una buena práctica), baje a la calle a recoger impresiones porque entre otras cosas, y con todos mis respetos, bajo el verbo meditar se esconde más de un espacio mental egocéntrico y mal informado basado en pseudo viajes iniciáticos a tierras místicas. Y he aquí uno de los mayores peligros para la propia meditación, su variopinta interpretación.

Frente a una situación de estas características regresar a lo clásico puede resultar de inmensa ayuda. Y si hablamos de meditación, quién mejor que el Buda, el Iluminado, para dar luz a esta oscuridad.

Buda, poniendo en marcha la rueda de Dhamma, su enseñanza, habló bien alto para quién tuvo la suerte de escucharle. Vipassana (Insight meditation, mindfulness meditation,…) es lo que nos enseñó como el verdadero camino para erradicar el sufrimiento en la vida del ser humano y lograr así una vida, digamos, más feliz.

Así pues, no hay meditación posible sin un poco de conocimiento de Dhamma (teoría). Otra condición necesaria para iniciar la práctica es la purificación de la conducta moral ya que hay que procurar que los pensamientos turben lo mínimo y todos sabemos qué es tener en la mente algún tipo de remordimiento. Un lugar tranquilo y mucha predisposición puede poner el resto antes de iniciar un camino que no tiene retorno.

Desde el punto de vista budista toda existencia se compone de procesos físicos y mentales y las tres características generales que llevan implícitos ambos son la impermanencia, el sufrimiento y la ausencia de un "yo", o sujeto. A su vez, cada uno de estos procesos, sean físicos o mentales, llevan asociados una característica particular que tiene que ver con los 4 elementos, a saber, tierra, agua, aire y fuego. Sentarse a meditar es eso, sentarse piernas cruzadas cogiendo una posición sin moverse un ápice para no adquirir vicios, y penetrar con suma atención en los procesos físicos y mentales que van llenando nuestro aquí y ahora. Hay que estar en el momento y verlo tal y como es sin más. Repito, sin más. No hay que racionalizar. Sólo dejarse llevar por el mucho movimiento que acontece en el interior de nuestro cuerpo y mente a cada instante.

El objeto de la meditación inicial más intuitivo para empezar es seguir la respiración abdominal que es lo primero que hacemos "al llegar" y lo último que hacemos antes de "marcharnos". Da igual si grandes inspiraciones o cortas, hay que sentirse cómodo. Y centrar la atención en el movimiento del abdomen. Poco a poco la incomodidad de la postura empezará a hacer acto de presencia y el dolor, nuestro mejor amigo si queremos progresar en el camino de la concentración, irá abriéndose camino. Y hay que verlo, darse cuenta de que si nos concentramos en él, éste responde a aquellas 3 características generales antes apuntadas. Y así con el siguiente y el siguiente y el siguiente. Para constatarlo es necesario utilizar una técnica que podríamos llamar "etiquetar". Así, cuando lo que sintamos es dolor, hay que decir mentalmente "dolor, dolor, dolor". De esta forma, después de muchas horas de práctica, nos daremos cuenta de que ese dolor es sólo un proceso y que por un lado va el dolor y por otro nuestra mente "etiquetadora". Con sorpresa constataremos que hay dos procesos, una causa (proceso físico) y un efecto (proceso mental), pero ese dolor nada tiene que ver, en un estado de concentración puro, con un yo porque por mucho que lo busquemos nos será imposible asignar un sujeto a ese "notar”.