
Tibet
5. Población
Los tibetanos descienden de varios grupos de nómadas que aparentemente migraron hacia el sur y oeste desde las estepas del Asia Central hasta que reconocieron la riqueza del valle del Tsampo como lugar idóneo para el cultivo. Así podemos ver que el arraigo que facilita el desarrollo de la agricultura en una sociedad trashumante ofrece muestras de las diferentes respuestas que su gente y su cultura nos han entregado.
Con el primer asentamiento por este afán de satisfacer primeras necesidades se puso la primera piedra de cara a sentar las bases de lo que después será el imperio tibetano de los siglos VI y VII. Poco a poco la nueva forma de vida fue extendiéndose hasta llegar el Kailash en el oeste del país y las montañas Kum Lum al norte. Este sedentarismo posibilitó el desarrollo del budismo, una suerte de forma de proceder que cambió el carácter feroz de estos grupos ganaderos en fervor y entusiasmo religioso.
Aunque un ¼ de la población todavía hoy practica la vida nómada en su plenitud de sentido, los que se dedican a la agricultura no acaban de abandonar sus reminiscencias a la vida anterior ya que la vida nómada siempre se consideró superior, de mayor prestigio, debido a la pérdida de libertad que conlleva el hecho de pasar a formar parte de una vida sedentaria.
Tan importante como el aspecto económico que nos muestra este cambio hacia la dedicación agrícola lo es el social, un rigor atemporal que en el Tíbet viene marcado por la importancia social que a la descendencia de los varones se le da.
En este sentido, independientemente de la meritocracia propia del sistema comunista que prevalece en la actualidad, desde un punto de vista más cercano a las raíces sociales de los tibetanos esta jerarquización viene marcada por 4 grandes grupos: los nobles – dividida a su vez en 4 grandes grupos -, los sacerdotes - sin que el nombre quiera tener nada que ver con la comunidad monacal-, los comunes y los parias.
Las dos primeras obviamente son las más altas pero a diferencia del sistema de castas de la India, en el caso de los tibetanos el noble prevalece por delante de la clase sacerdotal excepto en zonas muy concretas como Dingri.
Como uno puede imaginar atendiendo a la herencia social del budismo de las viejas tradiciones tibetanas, las cualidades sacerdotales se transmiten de padres a hijos (que no hijas) con lo que el matrimonio es práctica necesaria en esta clase social. Consecuentemente las personas de este rango pertenecen a las más viejas órdenes lamaístas (Nyingmapa y Bön) entre las que el celibato no es obligatorio.
La mayor parte de los tibetanos pertenecen al rango común y forman la masa de agricultores y ganaderos de entre quienes se obtienen diezmos. (Al igual que lo fue la etapa feudal en Occidente).
En último lugar están los parias, las gentes sin tierra, un grupo en el que también se incluyen profesionales como el herrero – que sobrevivía al amparo de los agricultores – y los vagabundos, que se ganaban sus emolumentos ayudando a los ganaderos en la época de la matanza.
Es habitual que el matrimonio entre castas sea inusual, incluso prohibido, aunque es cierto que en algunas zonas podía darse el matrimonio entre nobles y sacerdotes o incluso entre sacerdotes y comunes, en este juego nunca llegaron a entrar los descastados. Un ejemplo de esta animadversión es el dicho ampliamente extendido de los comunes que dicen acerca de los parias “que no tienen la misma boca” (por lo que ni siquiera son capaces de compartir una taza de té).
Todavía hoy podemos trazar linajes sacerdotales, con la consiguiente reverencia hacia la santidad heredada de los primeros, linajes de nobleza, aunque estos últimos nada tengan que ver con la maquinaria política tibetana de la actualidad.
Los que de todos ellos se quedaron en el país independientemente de la Revolución Cultural de Mao en 1959 poco a poco fueron viendo como sus posibilidades de progresar iban desapareciendo por lo que poco a poco fueron abandonando sus raíces para establecerse en el exilio.
La nobleza forma una parte integrada en el sistema administrativo pero pudieron elegir entre la jerarquía monástica o por la laicidad de las clases existentes.
La tierra pertenece en Tíbet al gobernante y éste es el Dalai Lama y el propio sistema tributario hace las veces de contrato de arrendamiento tal y como lo entendemos en nuestro sistema.
En este sentido el Dalai Lama cede tierras en usufructo y cobra un dinero por ello – basado en la potencialidad de la tierra para ofrecer sus frutos - y también en las cosechas que sus propiedades han generado, pero también hay algunas tierras sobre las que el control es total bien por parte del gobernante bien por parte de sus comisarios de distrito (dzongpon). En estos casos la producción va directamente a parar a las arcas del Dalai Lama.
Muchas de las deudas adquiridas por los arrendatarios suelen pagarse a través de la prestación de labores sobre estas propiedades. El trabajo, de esta forma, ayuda a redimir las deudas contraídas.
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